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jueves, junio 02, 2005

Dualidad de la existencia en la existencia.

No podíamos no tomar la muerte como tema. Era obligado y atractivo porque la gran ausencia es omnipresente en el arte, especialmente en la literatura. No hay prácticamente un solo escritor que no haya tocado el asunto de la muerte, de una forma o de otra, en su obra. A veces sin mencionarla, sugestiva, subrepticiamente. A veces con referencias atroces. A veces de una manera natural, como algo que se sabe habitual en toda vida. Ya sea tratándola de poderosa, como Neruda o de respetable, como León Felipe o aún de puta, como Gorostiza. Como un ingrediente cotidiano de la vida, como lo hace Shakespeare con inigualable maestría. Mirándola como final de todo, a la manera de Goethe y de Manrique. Poniéndola como una hora fija que se repite hasta el vértigo, en la visión poética de García Lorca. Usándola como pretexto de reflexiones capitales, como el Artemio Cruz de Carlos Fuentes. O, incluso, referida a un objeto simbólico por demás inusual, como el cadáver de la Úrsula muerta y momificada de García Márquez. No hay límite ni contorno. No hay figura, por más que nos la representemos como una horrible mujer descarnada que porta una guadaña inmensa y feroz. La muerte es infinita, amorfa y oscura. Intangible. Su secreto es que no existe en sí misma, es ausencia de vida.

Como tema literario, la muerte es, a un tiempo, tema y trasfondo. Asunto y contexto. Comparte con el tiempo la extraña dualidad de la existencia en la existencia. Todo es en ella, ella es en todo. Por decirlo así, es como la sombra de un fantasma y el fantasma mismo en una sola unidad inseparable e inmanente. Es final con transcurso y con precedente. Término, principio y recorrido. Todo a un tiempo. Y a un tiempo, la nada.

El hombre piensa la muerte como drama porque intuye que la vida es un don que en la muerte y por la muerte se pierde para siempre. Y ese sentimiento es más fuerte que la convicción de que hay vida más allá de la vida. Es más imperioso e inmediato que ella, aunque ella permanezca en el fondo del pensamiento y se agarre para siempre a las vértebras y a los nervios. Después, el tiempo se hace cargo de que la resignación se apodere de la conciencia y le reste fuerza al dolor por la pérdida de lo tangible. El escritor alterna estas condiciones íntimas del hombre, las equilibra, las enhila, las superpone, las combina y va más allá, se preocupa por la muerte como proyecto, como sueño recurrente, como fatalidad a plazo lejano o como angustia y miedo constantes durante la vida.

Continuará...

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